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Lecturas que Cambian la Mirada

A continuación pueden verse algunos de los temas que trata Fattoruso en sus cursos, y cómo lo hace. Las que siguen son columnas de su autoría publicadas en el semanario “Búsqueda”, y en ellas es posible apreciar el sistema de comprensión que aplica para tratar con la materia cultural.

POESÍA Y PERSONA

La palabra es la parte pobre y visible de las cosas. Las hondas realidades, las puras sustancias, por definición son innombrables y a pesar de los luminosos empeños de la literatura, permanecen en su feliz condición de inauditas. Pero precisamente la misión de la literatura consiste en merodear por esas regiones; acercarse, mediante precisamente el acto de la palabra, a toda esa majestad que no tiene nombre.

Uno de los misterios que siempre han maravillado a los aficionados del arte literario es el que se hace visible a través de la poesía. En ella hay palabras, hay evocaciones, hay figuras, hay sonidos. Y sin embargo no son las palabras, ni las evocaciones, ni las figuras ni tal vez los sonidos aquello que un poema termina comunicando.

Cuando recibimos un poema, esto es, cuando nos entregamos a la experiencia de ingresar en los caminos que un texto traza dentro de nosotros, todo lo que está a la vista desaparece y nos hallamos con la pura patencia de nuestra interioridad. Ya no escuchamos las palabras ni asociamos las figuras; tampoco, siquiera, aislamos o apreciamos los sonidos que componen ese discurso. Por algún sortilegio que no acertamos a explicarnos todo eso desaparece a favor de una luz que pareciera salir de nuestros ojos y de una voz que habla desde nuestro propio corazón.

Eso no ocurre con frecuencia y, obviamente, no acontece con todos los poemas. Pero cuando tiene lugar el fenómeno, cuando el texto se desarraiga de la intención del autor y deja de ser la palabra escrita para convertirse en lo que las palabras todavía no consiguieron pronunciar, ahí, recién entonces, podemos hablar de la emoción artística. Porque un poema –se sabe– no está en lo aparentemente dice, sino en lo que sustancialmente despierta, en su insustituible y única capacidad para avivar lo inaudito que impaciente aguarda en la prisión de cada pecho.

Semejante experiencia la tiene el protagonista de “En Busca del Tiempo Perdido” al llegar al final de su larga melancólica historia. Allí nos dice –y casi nos defrauda con el despropósito– que en ese punto recién consiguió reunir apuntes suficientes para escribir una novela en la que se propone contarnos las vicisitudes de unas criaturas que supieron distinguir muy bien los límites que acaso separan el arte de la vida, la emoción artística de la emoción amorosa. Proust le hace decir a su personaje que prácticamente es imposible acometer una empresa de esa naturaleza. Y embargo –he aquí el juego, he aquí la magia– el libro que tenemos entre las manos y que lastimosamente estamos a punto de culminar es ese mismo libro que se nos promete y cuyo imaginario autor se siente incapaz de escribir.

Unos setecientos años antes hubo un florentino que celebró esa misma imposibilidad y que nos devolvió un juego análogo donde el libro que nos ofrece y el libro que nos promete están confundidos en el mismo gesto y en la misma desesperación. El hecho tiene lugar en el trigésimo tercer Canto (el último de la obra) de la Divina Comedia, y refiere a la ansiada visión de la Virgen que el poeta recibe cuando se encuentra en el más alto punto al que le ha sido permitido acceder en el Paraíso. Hasta el momento su elocuencia poco había palidecido frente a las extraordinarias visiones de ángeles y santos, pero en este supremo instante advierte que progresivamente va enmudeciendo y que no tiene ni nunca tendrá palabras para relatarnos lo que su corazón y sus ojos están recibiendo. “¡Oh altísima luz, que tanto te sublimas sobre la inteligencia de los mortales! Renueva en mi mente algo de lo que allí me manifestaste, y presta a mi lengua tan vigoroso acento, que pueda transmitir un destello siquiera de tu gloria a las futuras generaciones, pues reviviendo de algún modo en mi memoria y divulgada hasta cierto punto en estos versos, se adquirirá más cabal idea de tu grandeza”.

Lo que el personaje Dante declara es que no puede relatar con exactitud lo que está viendo; lo que reconoce no es ya su incapacidad como poeta, sino la pobreza de las herramientas de que dispone; lo que confiesa es que solamente con la ayuda de esa misma luz que no consiente en describir como quisiera es que podría comunicar a los demás mortales la índole y magnitud de lo que está viendo. Lo que promete es empeñarse para quizá algún día poder transmitir lo que su corazón ha visto. En suma: tras describirnos prolija y minuciosamente la celestial imagen, nos dice que difícilmente pueda describirla, pero se compromete a intentarlo. O lo que viene a ser lo mismo: admite que la palabra apenas puede rodear la cosa sagrada, recorrer sus andurriales y las capas más exteriores de su piel, pero nunca referirla; por lo que su libro, por más empeñoso que sea, no deja de ser un prólogo, una aproximación provisoria a la realidad que tiene para contarnos. Sin embargo, esa aproximación es suficiente; no se precisa nada más para saber y sentir lo que el poeta siente y piensa.

Así asumida, la acción poética vendría a ser una suerte de zanja que la palabra apenas consigue abrir por entre los velos de la realidad. Pero atención: el abismo y el vértigo que nos asoman a esa brecha no están en el poema si a la vez no están nosotros.

Por definición, todo poema es incompleto.

INSIGNIAS REALES

Como el sentencioso Licurgo, como Solón, como Pericles, como tal vez Augusto antes de ser asaltado por la vejez y el egoísmo, el rey Federico II Hohenstaufen prodigó conocimiento y prudencia y enseñó a su pueblo el arte de gobernarse a sí mismo. Increíblemente Voltaire –que celebra a Louis XIV, que alaba sin medida a Augusto– no incluye su nombre entre los grandes gobernantes de la historia y ni siquiera consiente en reconocerle la gravitante influencia que ha tenido en la formación del espíritu que vincula a la libertad como un efecto casi maquinal de la cultura.

El siglo XIII podría ser denominado renacentista si sólo nos atuviéramos a la obra y presencia de este germano que convirtió al reino de las Dos Sicilias en una de las fuentes de irradiación del saber sólo comparable a la Florencia que emergería doscientos años más tarde. La presencia de sus enemigos los papas Gregorio IX e Inocencio IV proponen, desde luego, la alternativa de oscuridad necesaria como para impedir la perfección de su legado y dejar que su memoria naufrague en medio de la ignorancia de los más, del temor de los serviles y del rechazo de los fanáticos. Saint Louis –justo es reconocerlo– fue de los pocos que tuvo el valor suficiente para enfrentar al pontificado en defensa de Federico II; de hecho, hay que consignar que fue el único de los reyes cristianos de occidente que levantó su voz airada para recordarle al intemperante Gregorio IX que los servicios de ese notable hombre (con el que tenía tantas diferencias de hábitos y de carácter) rendían mayor fruto a la causa cristiana de dignificar la vida de los hombres, que las muchas intrigas, conspiraciones y vituperios de toda índole que practicaba el Papa para sofocar y descalificar su trabajo y su persona.

Richard Wagner profesó rendida admiración por este rey que, entre otras cosas, hizo traducir al latín las obras completas de Aristóteles y se las donó a la Universidad de Bologna, ciudad domesticada por el clero que se contaba entre sus más militantes enemigos. Federico II, en la carta que adjunta al precioso paquete, dijo: “El conocimiento debe ir a la par con las leyes y las armas para activar o regular el movimiento del espíritu. Desde mi juventud he amado el conocimiento; hoy, que la misión del reino se me ha confiado y que la multitud de asuntos me deja pocos espacios para el estudio, trato de restarle un tiempo a mis obligaciones para consagrarme a la lectura, de modo de permitir que mi alma se fortifique con la adquisición de conocimientos, actividad sin la que ningún hombre podría cumplir dignamente con su naturaleza. Es con este propósito que hice traducir la obra de Aristóteles y que se las envío; un tal tesoro debe ser compartido por el mayor número. Sé que ustedes le darán buen destino” (cf. Fabien Laurent, “Études sur l’Histoire de l’Humanité”, vol.6, La Papauté et l’Empire; Libraire Internationale, Paris, 1865; págs. 267-268).

Acciones como éstas son las que envuelven el regocijo agradecido de Richard Wagner, cuando –investigando la Edad Media alemana en busca de fuentes para apoyar su composición de la leyenda de Lohengrin– se encuentra con la curiosa y controvertida historia de Federico. Al respecto escribe: “[este personaje] representó para mí la suprema expresión del ideal alemán. Dio a la lengua italiana su cultura primera; sentó las bases del desenvolvimiento de las ciencias y de las artes allí donde el fanatismo de la Iglesia y la rudeza feudal se hallaran solamente ante él; recibió en su corte a los poetas y sabios de los países orientales, reuniendo de ese modo a su alrededor las gracias del espíritu y de la vida árabe y persa; culminó su Cruzada con un tratado de paz y amistad con el sultán, consiguiendo que se discerniera a los cristianos de Palestina más ventajas de las que hubieran obtenido mediante una guerra sangrienta; al mismo tiempo, atrajo sobre su cabeza los rayos del clero romano, que lo traicionó y acabó por arrojarlo a los infieles. Este admirable emperador, excomulgado por la Iglesia, que luchó vanamente contra la violenta ignorancia de su siglo, personificaba en mi sentir el valor y la inteligencia” (cf. “Mi Vida”, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1944, pág. 222).

 
Tanto aprecio Wagner lo quiso traducir en el único lenguaje que conocía y que era suyo con toda legitimidad; así ocurrió el poema “Manfredo”, homenaje al linaje de los Hohenstaufen en la persona del hijo menor de Federico II. Esta composición encomia al emperador a través de la siembra que ha dejado en su hijo, y que desde él alcanza una de las propiedades más fecundas del tronco de nuestra civilización. Sabemos, por los que nos cuenta Houston Chamberlain, que el músico y poeta leyó aquella famosa carta en la que Federico, dirigiéndose precisamente al joven Manfredo, habla para siempre y para todo el mundo acerca de la verdadera nobleza; dice así: “los príncipes nacen como los hombres y mueren como ellos. Lo que debe distinguirlos no es la naturaleza, sino la sabiduría, la virtud, la grandeza del alma. Las insignias de la realeza no harán de ti un rey, si careces de cualidades reales. Seremos dignos del título real en tanto sepamos ser dueños de nosotros mismos, en tanto la inteligencia nos permita gobernarnos” (cf. F. Laurent, op. cit. pág. 267).

VENECIA

Al promediar el sexto tomo de su monumental novela, Marcel Proust nos ofrece una mirada de Venecia que recoge toda la melancolía que fue urdiendo en su descenso a los precipicios del amor. El íntimo diálogo que establece con la ciudad –un diálogo de caminante solitario, de alma abierta y entristecida– ha de ser, fuera de toda duda, una de las mejores reconstrucciones literarias de lo que hay de vivo y de espiritual en un lugar físico.

Es común que los escritores retraten estados de ánimo, personajes, situaciones, conflictos; más raro resulta lo que hace Proust: uno deambula por esas páginas y siente la fresca sombra de los palacios, el reflejo del sol sobre la suave laguna, la letanía rumorosa de los viandantes, el movimiento de las góndolas, las delicadas siluetas que dibujan al atardecer los reflejos de los venerables mármoles que en otro tiempo fueron testigos de los furores y de la ensoñación de aventureros, de codiciosos, de amantes y de conspiradores. Proust piensa en los colores del Veronés, piensa en el lejano canto de los gondoleros y en las miríadas de palomas que visten los campanarios y las plazas, y no puede dejar de evocar aquella historia distante y ajena como si fuera la propia: siente que el alma de la ciudad se ha metido en su pecho y que le está dictando las frases con las que infructuosamente pretenderá enterrar el recuerdo y la esperanza de aquella Albertine que nunca fue otra cosa que su infierno, pero a la que siempre vivió como la promesa irremediable y excluyente de su cielo.

Goethe, en su “Viaje a Italia”, trazó una semblanza quizá más precisa y detallada de Venecia, con un enérgico acento visual; pero notoriamente no sintió, no recibió lo que la ciudad tenía para escribir en su espíritu (esto sí le ocurriría en Roma). Expresa, es cierto, la información que los ojos le brindan y lo hace de tal modo que su discurso maravilla porque consigue apresar la fugacidad de ciertos ángulos o momentos. Falta, empero, el arrebato, aquello que hace sucumbir, que transforma, que convierte al mundo en algo extraño y a Venecia en el espejo ejemplar de lo que uno descubre que puede llegar a ser o a querer (en este punto los vocablos son sinónimos). Algo parecido le acontece a Maurice Barrés (cf. “Amori et Dolori Sacrum”, Plon, París, 1921), quien llega desde la admiración y no tiene tiempo interior para entregarse a la delicia de cada sorpresa o la violencia de cada desencanto; con una diferencia: Barrés, obviamente, no es el genio Goethe y por lo tanto no busca (ni encuentra) el temblor o el golpe de lo novedoso, sino que es alguien cuyo espíritu ha decidido entregarse más al entendimiento que a la devoción o el ahondamiento.

En virtud de esto, nos permite conocer la ciudad a través de una perspectiva distinta, tal vez impersonal. Su propósito consiste en buscar en Venecia los rasgos, las huellas, acaso las razones menos visibles de algunos artistas que sí se dejaron intervenir por esa atmósfera de hadas y de danzas que reverbera en el agua y señorea en los puentes, en las umbrías callejas, en las ventanas y en los cientos de columnas y de arcos que alguna vez fueron no paisajes, sino refugio de tormentos, de inspirados secretos, de amores contrariados o correspondidos y luego largamente olvidados. Goethe, Chateaubriand, Byron, Gautier, los inevitables Musset y George Sand son las figuras que restaura en Venecia su intencionada ronda y las que, merced al seguimiento de los textos y testimonios, va corporizando en ese escenario, hasta ofrecérnoslas bajo una luz más lánguida, más serena, también más espectral y transparente que aquella que naturalmente surge de sus obras. Con Barrés, conocemos el costado taciturno, pensativo, casi al borde del abandono de estos artistas y bien agradecemos su sensibilidad para permitirnos ingresar en una dimensión menos habitual de sus creaciones. La vida que el autor encuentra en los visitantes no es la misma que conocemos de ellos; tiene el encanto de un despojamiento de toda defensa, es una vida esencialmente aislada, meditativa, dispuesta a dejarse atrapar por la atareada exaltación de los monumentos que atesoran siglos de locuras y de vanidades al borde de los canales.

Todo ello es impactante, es hermoso y merece ser recomendado. Pero nada se le compara a lo que obtiene con la semblanza de Wagner lidiando en Venecia con el segundo acto de “Tristán e Isolda”. Es verdad, en todo sentido, lo que sostiene Barrés: “no son las doctrinas, sino el alma aquello que nos acerca a los grandes hombres”. Cuando nos enfrentamos a este texto sentimos que efectivamente hubo una conexión, que el autor –apenas auxiliado por las señas de una dirección (la habitación de un viejo palacio hoy convertido en hotel), de una carta que Wagner escribiera desde ese voluntario exilio y de su propio recuerdo del prodigio de aquella ópera– imagina los pasos y las noches del genio y nos da la felicidad de poder conjeturar qué zona de la geografía del alma de Wagner fue convocada para dar por resultado esa queja heroica que se ahueca en el corazón de Tristán.

Leer esas líneas (op. cit. págs. 93-102) y estar allí, en esos fulgores, con esos dilatados crepúsculos; leerlas y sentir sobre sí el raudal sagrado de la música que atraviesa todos los límites del pensamiento y nos devuelve enriquecida la imagen de la propia existencia, no queremos decir que sea lo mismo. Sí, con todo énfasis, pretendemos significar que es lo más parecido al embrujo que el arte de Wagner nos produce.

HOSPITAL

Se cuenta que Baudelaire –muerto prematuramente, como la mayoría de los mortales– cerró los infinitos ojos que tanto habían entrevisto, en los brazos de su madre. Quienes han levantado las copiosas biografías del poeta dan testimonio de que en ningún momento tembló ante la inminencia de la despedida y que incluso se lo vio, como a una suerte de Sócrates desnutrido y solitario, enfrentarse con ánimo alegre a esa crucial prueba de toda existencia que por lo general los menos valientes preferimos evitar.

El hecho, en su simplicidad, parece ser la culminación o el premio adecuado a una vida empeñada en salirse de sí misma, en castigarse con la huída, en darse la sagrada oportunidad de la radical negación de toda esperanza. Durante su breve tránsito por la doliente tierra de los hombres trató de apurar el paso hacia esa nada innominada y profunda, hacia ese silencio extremo, casi corpóreo que piadosamente nos asegura la muerte; nada le resultó poco para alcanzar ese fin, nada fue obstáculo para llegar entero a las soberbias fauces de la pavorosa frontera.

Hay un texto –quizá una de las piezas más exquisitas que nos ha prodigado el siglo pletórico que nació de las entrañas del siglo de las luces– que refleja esa actitud que diferenció a Baudelaire como un ejemplar único en la familia de los poetas de su tiempo, tan dados ellos a cantar las glorias y los ocasos del corazón y las minucias de los océanos y de los atardeceres. Se trata de una declaración, de un sueño, o más que eso, de una venturosa epifanía que consigue atravesar portentosamente el asombro de cualquier lector para erigirse en uno de los monumentos todavía vivos que ilustran la imposible convivencia del alma con las cosas de este mundo. La idea central, como se verá, posiblemente deba pagar algún tributo a la fantasía platónica, pero el aliento que lo recorre es exclusivo de Baudelaire y de sus abismos.

El tema de la tal maravilla es, sin duda, el gran leit motiv de toda la obra de Baudelaire; nos habla de la melancólica insatisfacción, del camino sin solución que es el vivir, de la inutilidad y modestia de miras de cualquier esperanza, de la necesidad de huir, de no estar allí donde creemos que la vida está teniendo lugar. “Esta vida –dictamina el poeta– es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Éste querría sufrir frente a la estufa, y aquél cree que sanaría al lado de la ventana. Me parece que siempre estaré bien donde no estoy, y este problema de mudanza es uno de los que discuto sin cesar con mi alma”. Más adelante, y tras discurrir sobre diferentes paisajes y lugares, concluye que podrá viajar a cualquier lado, “no importa dónde, con tal que sea fuera del mundo”.

Un poeta posterior –Fernando Pessoa– cuya muerte también fue callada, pero con el agravante de que con igual fervor calló y minimizó hasta lo ontológico el registro de su existencia diaria, edificó la catedral de su soledad sobre esa contundente piedra y nos legó uno de los libros más turbadores y menos recomendables para las almas simples que se han escrito jamás, cuyo título ya debería servir de advertencia: “El Libro del Desasosiego” (Editorial Emecé). Explica allí –equiparándose existencialmente a Baudelaire– que el vivir es un ir hacia ninguna parte, por ningún motivo; y como los confinados pupilos del hospital, explica que no siente sino náusea por tener que esperar que nada finalmente ocurra, más allá de cualquier acontecer. “Que esta hora horrorosa decrezca ya hacia lo posible –leemos en la página 197– o crezca hacia lo mortal. Que no despunte nunca la mañana, y que yo y esta alcoba, y su atmósfera interior a la que pertenezco, todo se espiritualice en noche, se absolutice en tiniebla y que de mí no quede una sombra siquiera de recuerdo que manche lo que no muere, sea esto lo que fuere”. En la misma página, pocas líneas más abajo, se retuerce el mismo argumento bajo la óptica no ya del reproche o ruego a nadie por nada, sino como una queja: “la tragedia principal de mi vida es, como todas las tragedias, una ironía del Destino. Me repugna la vida real como una condena; me repugna el sueño como una liberación sórdida. Pero vivo lo más miserable y cotidiano de la vida real; y vivo lo más intenso y lo más constante del sueño. Soy como un esclavo que se emborracha a la hora de la siesta –dos miserias en un solo cuerpo”.

La imagen del hospital como albergue de lo que no tiene salida es, en muchos sentidos, la directa percepción del mundo que tuvo Pessoa. Pero a diferencia de Baudelaire, este portugués siente que el descolgarse del mundo no es una liberación, un triunfo del alma sobre las cosas, sino también un fracaso: estar en cualquier parte fuera del mundo, estando con la fatiga de la propia vida, también es castigo. Lo del hospital y del enfermo que sueña en su espera para él es, en el mejor de los casos, una sonrisa del Destino; casi una gracia.

Hasta ese punto fue poeta.

ALGO QUE NOS PERTENECE

Platón nos contó que cierta infinita estrella se hallaba poblada por siameses que estaban fueran del tiempo; seres de dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos corazones. Según esta leyenda Zeus decidió que ellos habrían de poblar la Tierra, aunque consideró lúcidamente que esas criaturas tendrían serias dificultades para movilizarse en los dominios de la física terrestre; es por ese motivo que pidió a su hija Palas Athenea que con su perentoria espada los dividiera en exactas mitades y los lanzara al abismo delicioso y también sufriente de la vida mortal. Nos dice Platón que el amor es encontrar a aquella persona con la que estuvimos tan entrañablemente unidos antes de llegar aquí.

Esta teoría, matizada y relativizada conforme a las escuelas y los credos, ha sido recogida por la mayoría de los pensadores que osaron meditar sobre los misterios y dobleces del amor. Una variante digna de interés la ofrece Blaise Pascal en su Discurso Sobre las Pasiones del Amor (“Pascal, Bossuet. Escritos Escogidos”, Págs. 67 a 77; Editorial Océano); texto en el que sostiene existencia de una relación entre lo inscrito en la naturaleza de la propia alma y lo hallado en el objeto de nuestro amor.

La huella de su contemporáneo Descartes está muy presente en este aislado escrito del piadoso matemático que dividió sus dolorosos 39 años de vida entre los abstrusos laberintos de los cálculos geométricos y la devoción religiosa. Aceptar el alma como primer móvil del universo corporal, creer que los espíritus regulan las contracciones del corazón y por lo tanto la circulación de la sangre, pretender que hay un señorío del alma sobre la materia son algunos de los principios que Pascal toma prestados de “Las Pasiones del Alma”, de Descartes, y que le sirven para construir la estructura central de sus observaciones acerca de las acciones y fantasías que conducen a los hombres a los brazos de la mujer amada.

El rasgo original de la propuesta de Pascal descansa en entender que toda persona tiene dentro de sí una noción de belleza que depende en gran parte de las cualidades que observa en él. “El hombre no gusta permanecer consigo; y como ama, tiene que buscar el objeto de su amor. No puede hallarlo sino en la belleza; mas como él es la más bella criatura que Dios ha formado, fuerza es que halle en sí mismo el modelo de esta belleza que busca fuera. (...) Sin embargo, aunque el hombre busque con qué llenar el gran vacío que se ha producido saliendo de sí mismo, con todo, no puede satisfacerle cualquiera suerte de objetos. Tiene el corazón demasiado vasto; se requiere, cuando menos, algo que se le asemeje y se le aproxime lo más posible. Por eso, la belleza que puede contentar al hombre consiste no solamente en la correlación, sino también en la semejanza; y la cifra y la encierra en la diferencia de sexo”.

Pese a que lo parece, no hay ningún parentesco entre esta propuesta y lo que Erich Fromm postula en el plano de la psicología. Para el investigador alemán, al igual que para Nietzsche, (cf. “El Arte de Amar”, Paidós) el amor a sí mismo es una condición indispensable del amor al otro. Pascal prudentemente no se aventura por ese camino, y prefiere decir, simplemente, que el reconocimiento de uno mismo es lo que propicia y conduce la búsqueda del amor. Ese acto de verse en los resplandores del propio espíritu, ese ir hacia los detalles de la interioridad para rescatar las sustancias que se buscarán fuera, dista mucho del vulgar narcisismo; no se trata de convertirse uno mismo en ideal o medida, sino, en todo caso, de asumir el placer del encuentro y de la cercanía en la familiaridad de aire, de desesperación de destino que necesitamos compartir con el otro.

Por eso, marcando con precisión la singularidad de su teoría, nos habla no de una concepción mineralizada de la belleza, sino fluyente y plástica del ideal que al respecto perseguimos. Lo explica con palabras muy claras: “no se desea solamente una belleza, sino que se desean con ella mil circunstancias que dependen de la disposición en que uno se halla; y en este sentido es como puede decirse que cada uno tiene el original de su belleza, cuya copia busca entre las gentes”. Esto viene a querer significar algo muy importante: el otro no es la resultante de lo que nosotros proyectamos en él, sino la grata sorpresa de la analogía con aquello que más apreciamos de nosotros mismos y que únicamente podemos cultivar en la persona que amamos. O para expresarlo de un modo todavía más sencillo: amar, como nos enseñó Platón, es encontrar en el otro algo que nos pertenece.

Pascal –el mayor matemático de su época– fue un hombre enfermo y genial. Una gangrena en los intestinos, una parálisis prematura y la aparición de Cristo en su vida (ocurrió durante una noche de fiebre) determinaron que su existencia discurriera de manera exclusiva por las regiones del puro espíritu. Tuvo ciertas caídas en la vida disipada, pero ellas no hicieron sino reafirmar su convicción de que su alma no estaba preparada para tanto.

Lo que escribió acerca del amor, con todo, demuestra que su aislamiento en la fe y en el dolor, en lugar de apagarlo (como casi siempre ocurre), le dieron luz para comprender lo grande y lo pequeño de este mundo. Recomendamos su lectura.

 

Apuntes de Literatura Argentina

SARMIENTO (1)

Hace poco más de veinte años, recorriendo esa versión cercana de la rive gauche  mezclada con Broadway que es la calle Corrientes a la altura de  Paraná, de Montevideo, de Rodriguez Peña, y aun aventurándome hasta  Ayacucho, Junín, dejé que mis pasos se encaminaran hasta cierta disimulada librería que se jactaba de ignorar todas las recomendaciones modernas del marketing.

Mal iluminada, incómoda para los libros y también para las personas, con ese herrumbre de cosa lateral o sin importancia, apenas atendida por un hombre entrado en años y con más huesos que carne, que no dejaba de leer y de fumar mientras respondía las impacientes preguntas de los esporádicos visitantes con una soberbia que evidenciaba su buena memoria visual (podía decir dónde estaba tal o cual libro, qué editorial lo había lanzado al mundo y en que año), esa librería albergaba joyas que hasta el día de hoy me encandilan: una segunda edición española de la historia de la revolución francesa, de Carlyle (que Stuart Mill envió al fuego sin querer); un misal francés fechado en París en el terrible año de 1793; las obras completas de Juan Bautista Alberdi en la edición de la Tribuna, y un descompaginado y amarillento librito titulado “Sarmiento Selecto”.

Un tránsito de billetes de baja denominación fue suficiente para que me hiciera con esa  última pieza de la que no esperaba sino apenas una de las muchas previsibles  antologías que en su momento menudearon por la región y que luego fueron ordenadamente donadas al olvido por generaciones a quienes les importaba menos la causa que disfrutar de las consecuencias; para muchos displicentes en uso, Sarmiento es una figura del ayer y no el punto de partida de muchos de los bienes que el ambiente intelectual argentino (y antes el uruguayo,  antes que viniera a instalarse esta versión tugurizada del  marxismo que se caracteriza por la cortedad de la higiene y la penuria del porte y del lenguaje) todavía puede exhibir con orgullo. Apenas la abrí, me di cuenta que la obra era excepcional por varios motivos: se trataba de una edición especial del centenario de Sarmiento, fechada en 1911; su editora fue la Comisión Popular creada precisamente para este acontecimiento, cuya secretaria ejecutiva ejercía Leopoldo Lugones; y lo más importante: tenía material de difícil obtención en las ediciones comunes, organizado con un criterio no exclusivamente cronológico, sino estableciendo una inteligencia biográfica y también conceptual entre los textos.

Lo que entonces me maravilló –tal vez porque no las conocía, pero hoy siguen impactándome con la misma fuerza—son una páginas (de la 216 a la 225) casi sobre el final del volumen que recogen la entrevista que Sarmiento tuvo con el general San Martín en 1845, en Grandbourg, cerca de Fontainebleau. La ocasión de este encuentro fue dada porque Sarmiento debía ir a París a aceptar su nominación como miembro del Instituto Histórico de Francia y se le  reclamaba un discurso de recepción. Se impuso como excluyente requisito visitar al patriota que vivía en su silencioso destierro, y tras no pocas intrigas y solicitudes, consiguió la ansiada oportunidad. Dos, nos dice, eran los motivos que lo llevaron a ese rincón de la campiña francesa: uno, obvio, consistente en el privilegio de poder conocer directamente la voz, el pensamiento del gran forjador de la idea y de la realidad de la patria en esta parte del mundo. El otro era un motivo casi personal: Sarmiento había iniciado su carrera de exiliado escribiendo en diarios de Chile; sus primeros trabajos versaron sobre Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada; eran piezas de relato y a la vez de interpretación. Ahora, por un designio de los dioses, tenia frente a sí al protagonista de todos sus ardorosos escritos de juventud; ahora que iba a ingresar a la más importante academia de historia se entrevistaba con la propia fuente de la Historia.

La semana que viene, el martes 15 de febrero, se cumplen doscientos años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento. Temo que este aniversario no tenga ningún Lugones para impulsarlo, y que alguien tal vez escriba más adelante, recordando estos años oscuros y vacíos que estamos habitando, lo mismo que Sarmiento escribió de San Martín en aquella memorable entrevista: “¡Tanta gloria y tanto olvido! ¡Tan grandes hechos y silencio tan profundo!”

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SARMIENTO (2)
No es posible ceñir las ideas de Sarmiento con el herramental frecuente de la filosofía; es por momentos demasiado empírico, está muy comprometido con la inmediatez de la realidad como para entrar en el campo de lo puramente conceptual.  Sin embargo, tampoco es dable reducirlo a las infamantes minucias de la política; las conoció, es cierto, las ejerció con luz; pero fue más lejos que ellas, se sirvió de las trampas, de los juegos retóricos, de las conspiraciones de comité no como muchos de sus colegas de todos los tiempos, que hacen eso porque no saben hacer otra cosa, que son miserables no por amor al estoicismo sino por simple pobreza de alma. Para Sarmiento la política fue la ocasión de difundir educación, de convertir al soberano de la república en alguien idóneo para entender en los asuntos de su incumbencia; tuvo, en alguna medida, una ambición más cercana a la ambición de la ética que a los demacrados objetivos de la política en uso.

La ubicación exacta de Sarmiento no comprende los estancos habituales de la división racional del trabajo; está a mitad de camino entre el filósofo, el sociólogo cualitativo, el político determinado y astuto, el moralista, el pedagogo y el militar de nota. Para mi gusto encaja dentro de esa rara especie de estadistas cultos que autorizan un cierto respeto por la faena política, que dieron a su tiempo y a los tiempos que le siguieron una tonalidad de progreso y una base de apego a la materia cultural, a los bienes del espíritu. Pienso en Sarmiento y no puedo dejar de pensar en Julio César, en Federico Honhestauffen, en alguno de los Médicis, en Jefferson, en Benjamín Franklin, en Belgrano, en Rivadavia, todos políticos de afinadas destrezas en el arte del combate desleal, pero iluminados por el ardor de ir más allá de sus propios intereses para favorecer situaciones de crecimiento intelectual en las sociedades que actuaron.

Sarmiento es autor de actos y de palabras que forman parte de lo mejor de nuestra historia. Nació en un hogar humilde, recibió la áspera educación del hombre de campo en las provincias del norte argentino, estudió fragmentariamente gracias a la piedad de algunos pocos maestros y apenas salido de la primera juventud conoció el odio, la persecución, la intolerancia, el exilio. Diez años vivió en Chile conspirando contra la tiranía de la mazorca; allí fundó la primera escuela normal de esta parte del mundo, escribió artículos de historia, de política, comentó libros, estudió idiomas. De ese período data “Facundo”, tal vez su obra más polémica: dice allí que la barbarie es la continuidad de la brutalidad de la conquista en perversa alianza con los malos hábitos del indígena, y que América sólo será libre cuando asuma que debe apropiarse de la tradición occidental, de sus valores, del imperio de su razón, de los beneficios de su industria y de sus ciencias (algunos párrafos destinados a destratar la figura de Artigas, al que identifica como emblema de la montonera disgregante, le ganaron el recelo primero y luego la ignorancia infinita de muchos lectores uruguayos).

Junto con Bartolomé Mitre y Nicolás Avellaneda (en parte su continuador en la obra escolar) encarna el período de asiento y forja de la configuración cultural de la Argentina. Mitre inicia el proceso destacando la importancia de una educación pre-universitaria de primer nivel internacional, y funda el Colegio Nacional; Sarmiento, más cercano al dolor y a la penuria de los olvidados, concibe un sistema universal de educación capaz de abarcar la totalidad de la población. Sus años de embajador en los Estados Unidos le permitieron trabar contacto con la proficua obra de Emerson, y especialmente de Horace Man, que fue el pionero de los sistemas educativos fundados en la obligatoriedad, en la libertad, en la necesidad de socializar, de cifrar con certeza la igualdad de oportunidades.

 Consideraba que en los humildes bancos de la escuela se encuentran las bases de firmeza de la república, el cimiento de la ciudadanía: “es la educación primaria la que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Son las escuelas la base de la civilización”, decía. Para Sarmiento, como para Aristóteles, los derechos cumplen en el adulto las mismas funciones que la educación en el niño; por eso estima que “el buen salario, la comida abundante, el buen vestir y la libertad educan a un adulto como la escuela a un niño”.
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SARMIENTO (3)
Los cielos de hace 140 años eran los cielos del hemisferio norte; la ciencia todavía no se había planteado la necesidad de trazar un mapa del sur. Tuvo que llegar Sarmiento de su embajada en los Estados Unidos, donde trabó amistad con el astrónomo Benjamín Gould, una autoridad mundial en su especialidad, para que principiaran los estudios en esta parte del mundo.

Al presidente que en 1871 inauguró en Córdoba el primer observatorio astronómico sudamericano, institución decisiva para comandar los estudios del cielo austral y uno de los hitos más señalados del desarrollo científico continental, no le costó poco defender su iniciativa. Era roma, era torpe y de corto aliento la perspectiva de los que decían que un país apenas nacido a la vida independiente tenía otras prioridades; esa mentalidad apática, gauchesca, burlona y silvestre que de tanto en tanto toma parcelas de poder en nuestros países encontró en la firmeza de Sarmiento y en su arrebato visionario su peor enemigo. “Se me ha dicho –escribe en unas de sus memorias de gestión—que es anticipado o superfluo un observatorio en pueblos nacientes y con un erario exhausto o recargado. Y bien, yo digo que  debemos renunciar al rango de Nación, o al título de pueblo civilizado, si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales”.

Notoriamente en Sarmiento ardía la tradición que en su momento levantaron primero Belgrano, durante sus proficuos años al frente del Consulado de Comercio, y luego Rivadavia, en tanto secretario de la Junta de Gobierno y más tarde directamente como Presidente. Ellos también entendieron que el progreso material, aliado necesario del progreso institucional, dependía en gran parte del progreso del conocimiento y de la diseminación adecuada del conocimiento, de su efectiva inserción entre las urgencias del ciudadano decente. El saber y la libertad, la prosperidad y la libertad, la estabilidad política y la libertad son, se sabe, binomios inseparables, paralelos, insustituibles.

 La historia de nuestras afligidas repúblicas es un ejemplo más que claro de ello: cuando prevaleció  bajo sus cielos el prestigio y la necesidad de la cultura, las sociedades alcanzaron grados admirables de civilización y de cohesión social; cuando, por el contrario, la indolencia, que es el arma natural de los brutos sin arrojo, ganó la partida, cuando se le dio más importancia al gasto que a la producción, a los efectos que a las causas, a la medianía por sobre la excelencia, a la disculpa por encima del orgullo y de la responsabilidad, nuestros países conocieron las miserias del atraso, las injurias de la falta de destino y el desdén que la historia reserva para los pusilánimes, para los cómodos, para los que sólo piensan en halagar las inmerecidas vanidades de los pueblos.

Sarmiento, como pocos, entendió los problemas de nuestras sociedades. Comprendió que había que topársela con une enemigo perverso, por ubicuo; peligroso, por espontáneo; ruin, por ladino; tenaz, porque no sabe sino ser lo que es, obstinadamente. Sarmiento comprendió que la ignorancia sería siempre la maldición que acecharía en los rincones de nuestras mortificadas patrias; la ignorancia vestida a veces de patriotismo folklórico, de color local; o disfrazada de ampulosos celos soberanos, o pintarrajeada de rebeldías insustanciales, o cobijada en discursos que llaman a la prudente distancia de los avances que provienen del extranjero. Contra eso Sarmiento opuso el observatorio astronómico, la exposición  industrial de Córdoba que se realizó el mismo año, la reforma escolar, la multiplicación de las bibliotecas, la importación de libros, de ideas, de científicos y de intelectuales de los países que estaban avanzando y siendo ejemplo de crecimiento para el mundo. Hizo por su patria algo que todas las patrias jóvenes de entonces empezamos a agradecer; algo que abrió caminos, que marcó rumbos.

De Sarmiento habrá que decir lo que Sarmiento dijo de Belgrano, en Rosario, en ocasión de inaugurar el monumento a la bandera, en 1873:
“Aunque nuestra alma sea inmortal, la vida, en los estrechos limites que la naturaleza ha asignado al hombre, es pasajera. Pero la especie humana se perpetua hace mil siglos, dejando tras si, entre el humo de las generaciones que se disipan en el espacio, una corriente de chispas que brillan un momento, y, pueden, según su intensidad y duración, convertirse en luminares, en llama viva, en rayos perpetuos de luz, que pasen de una a otra generación, y se irradien de un pueblo al otro, de un siglo al otro siglo, hasta asociarse a todos los progresos futuros de la sociedad y sea parte del alma humana.
 ¿Quién se profesa republicano, y no siente en su espíritu rebullirse el alma de Washington, la ultima y más acabada personificación de las virtudes publicas; la mayor de todas, hacer triunfar el derecho sin apropiarse de los despojos de la victoria, trazando el camino por donde habrán de avanzar los demás pueblos hacia la conquista de la libertad?
 Hay, pues, una inmortalidad humana que se adquiere por el genio, la abnegación o el sacrificio; pudiendo entenderse, según la perfección e influencia de aquellas virtudes, a un pueblo, a toda la tierra, a un siglo, a todos los que le sucedan mientras exista la raza humana”.
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SARMIENTO (4)
Junto con Ricardo Rojas, pero mejor que Ricardo Rojas, fue Leopoldo Lugones quien batalló con más eficacia para dotar a la memoria de Sarmiento de todos sus justos merecimientos.  En febrero de 1911 publicó su “Historia de Sarmiento” (Buenos Aires, 1945), libro que de lejos supera las pomposas e innúmeras páginas de Rojas, responsable sí de la edición de los papeles completos de Sarmiento en una inmejorable edición anotada, autor de varios estudios y aun del pequeño y funcional ensayo que preparó para la casa Losada, “El Pensamiento Vivo de Sarmiento”.

Para Lugones, que fue crítico a todas las horas, Sarmiento es una figura de formidable relieve, de preciosa gravitación en la historia cultural de América, pero dista de ser el dios de bronce con el que trata Rojas. Ve en Sarmiento al aventurero de provincia que lucha contra las circunstancias, que tiene arranques de furor iluminado y que a veces se empantana en el capricho o en la ansiedad. Su mirada es contrastada, pero también admirada, rendida ante el portento de tanto mérito. Pocos años antes José Ingenieros habíale reservado a Sarmiento el lugar raro de los genios en su estudio sobre el impacto y la extensión de la mediocridad; Lugones llega casi tan lejos, pero no se atreve a tanto; Lugones sabe ver los límites, y en ellos el rasgo cercano del hombre que debió batallar contra el mundo, contra las adversidades materiales y morales y a menudo también contra sí mismo para llevar a cabo su promesa redentora.

Ciertos cortes o detalles de Sarmiento le resultan fascinantes; por ejemplo, saber que durante sus días iniciales del exilio el joven rebelde, mientras fundaba escuelas y componía planes de estudios para la sociedad de Santiago, mientras escribía sus memorables artículos de historia política americana en la prensa más destacada de Chile, cometía patrióticas y ridículas osadías. Copio de la página 145: “Sarmiento, famoso ya por sus polémicas, sus libros y sus viajes, llegó a recorrer las calles de Santiago disfrazado de turco grotesco que mendigaba en un carrito los ochavos de la multitud para la cruzada contra Rosas. Imagínese lo que arriesgaba con un reconocimiento siempre posible, dada su posición en aquella sociedad. Dijérase a primera vista una extravagancia de anormal. Pero no. Era la eficacia de su acción, siempre al acecho de una oportunidad útil”.

Más allá de los detalles payasescos, en los que espontáneamente abundaron las horas de Sarmiento, están los aspectos eternos de su existencia: su obra de gobierno, su prédica a favor de la cultura y su escritura, esa colección de magníficas obras que constituyen las bases centrales del desarrollo literario de nuestro continente. De su vida política Lugones señala su proficua acción como legislador, que redactó e impulsó leyes para establecer firmes e insustituibles vínculos entre el mundo del trabajo y el mundo del saber, entre el saber y la dignidad de las sociedades; su dilatada obra de presidente, sembrador de escuelas y de laboratorios, creador de la academia naval, de la escuela militar; de su literatura lo que afirma ha sido fundacional para el porvenir de todos los trabajos críticos: dice que Sarmiento, enajenado a veces por los reclamos del periodismo, escribió con elegancia, pero también con urgencia, con claridad, sin conceder a los rizos del estilo, haciendo del discurso una suerte de síntesis entre el pensamiento y la acción, entre las ideas y los hechos.

Esa condición, además de estar en la forma, estuvo en los contenidos, pues Sarmiento manejó los elementos que informan de la cualidad de encuentro que tiene la civilización argentina o rioplatense. “Sarmiento y Hernández con su ‘Martín Fierro’ –nos explica Lugones en una página central de su trabajo—son los únicos autores que hayan empleado elementos exclusivamente argentinos, y de aquí su indestructible originalidad. El país ha empezado a ser espiritualmente con esos dos hombres”. Cree Lugones que al igual que Homero, padre de la nacionalidad, de la identidad helénica, Sarmiento y Hernández son los padres naturales de la argentinidad, de esa singular forma de ser, de hablar, de ver, de apropiarse del mundo y de pararse ante el destino. Por eso afirma algo que a Borges habría de acompañarlo por siempre, como reto, como mandato, como sustancia de los caminos que se empecinaría en recorrer: “Facundo y Recuerdos de Provincia son nuestra Ilíada y nuestra Odisea. Martín Fierro es nuestro Romancero” (pág 165).

En la página 62 Lugones refiere un dato que termina por capturar mi aprecio ilimitado a la memoria de Sarmiento: fundó la sociedad protectora de animales, siendo su primer presidente.
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SARMIENTO (5)

La temprana devoción de Borges por la figura de Sarmiento se la debe a los fundados fanatismos unitarios de su madre; la sostenida admiración de Borges por Sarmiento reside en el recurrente y agradecido trato con la prosa exacta y a la vez entusiasmada del autor de “Facundo”; el reclamo  para que se considere a Sarmiento como el más importante personaje de la historia argentina lo basa Borges en la necesidad de consagrar la tradición occidental  “y no los haberes indígenas” como la expresión más auténtica y más fecunda de la cultura argentina y rioplatense, y es a Sarmiento a quien debe atribuírsele el esfuerzo desmedido para que ello fuera así.

No hay un solo escritor de la historia argentina o latinoamericana que empuje en Borges la viva adhesión que le suscita Sarmiento. He recorrido en todas las direcciones las obras orgánicas y los papeles recuperados de Borges y no encontré, cosa curiosa, prácticamente referencias a otros escritores del siglo XIX, que no fueran las habituales menciones a Ascasubi y Del Campo, Hernández, Gutiérrez, Echeverría. Como por cansancio, y sólo al pasar, aparecen algunas veces referencias a Wilde, a Fidel López, a Lucio Mansilla; pero ni Alberdi, ni Mitre, ni Estrada –todos ensayistas de gran nota—le merecieron sino párrafos aislados, menciones obligadas. Sarmiento, en cambio, es uno de esos autores que --como Chesterton, como Kipling, como Schopenhauer-- lo acompañarán incesantemente a través de citas, de analogías inevitables o forzadas, de alusiones, de alabanzas sin reservas.

Entre las muchas páginas que dedica a Sarmiento hay un par de prólogos memorables, uno dedicado a “Facundo” y otro a “Recuerdos de Provincia”. Con buen criterio califica a “Facundo” como una de las piezas más relevantes de la cultura americana, y como el más importante de los libros argentinos: ve en sus páginas el mejor análisis que se ha dado acerca de la infinita lista de taras y renuncios que caracterizan la errática formación del ser nacional en nuestras repúblicas; considera que Sarmiento sitúa con precisión el rumbo que debe tomar nuestra identidad: que no es hacia lo primitivo, hacia  lo falsamente autóctono o  lo cómodamente cercano como lo quieren los nacionalismos que atareados en inventar un ayer son incapaces de producir un porvenir; dice así que “Facundo”, obra crítica de los malos hábitos locales y de los peores ademanes que acabará heredando y ejerciendo nuestra política, debiera haber sido el libro nacional de Argentina, no el Martín Fierro, glosa y celebración de un gaucho que prefiere la ilimitada  libertad del delito antes que las pacientes restricciones del derecho.

De “Recuerdos de Provincia”, para mí el libro más cordial, más íntimo de Sarmiento, la obra con la que pude entablar un diálogo más personal y duradero, en la que nos habla de las abnegaciones de su infancia, de la presencia humilde y portentosa,  imperecedera, de la madre en la formación de los valores, en los hábitos, en los recelos y hasta en los prejuicios,  Borges escribe: “nadie puede leer este libro sin profesar por el valeroso hombre muerto que lo escribió, un sentimiento que rebasa la veneración y la admiración: la plena e indulgente amistad (…) Hay quienes juzgan que este libro debe su autoridad a Sarmiento y buena parte de su fama a la del autor; olvidan que Sarmiento, para la generación actual de argentinos, es el hombre creado por este libro”.

Tardíamente Borges destina un poema (en “El Otro, El Mismo”, datado en 1964) a encomiar la figura de Sarmiento. Me cuesta admitir que no se cuenta entre los mejores; hay en sus versos un jadeo de recursos y giros ya utilizados en otros textos, un como forzado fervor que no condice con la serenidad de las ideas que quiere expresar, un abuso increíble de las hipérboles; y ciertos molestos desmayos en la entonación. Pero tiene su momento de gloria, su instante memorable; es cuando dice, remitiendo a la actualidad del personaje: “Noche y día/ Camina entre los hombres, que le pagan/ (Porque no ha muerto) su jornal de injurias/ O de veneraciones”.

 

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LAS MAÑANAS DE AMADEO JACQUES
Mi recuerdo más antiguo de Amadeo Jacques lo debo a la lectura parcial y apasionada de “Juvenilia”, hace ya cerca de cincuenta años. En aquella época menudeaban por aquí la revista “Billiken”, “Selecciones Infantiles” y los libros de la “Colección Robin Hood”, entre los que se encontraba precisamente la obra de Miguel Cané. No exagero si afirmo que el contacto con “Juvenilia” fue impactante en mi formación inicial: me maravillaron las osadías, las irreverencias, las admiraciones de aquel grupo de chicos que a la vez que profesaban rendida devoción por el afamado director del Colegio Nacional de Buenos Aires, no dejaban de constituir un grupo de difícil manejo para cualquier adulto simpatizante del orden y de la pulcritud.

Ya más cerca en el tiempo, estudiando la historia de la cultura argentina, mi curiosidad dio con la generación del 80, aquella  horneada subsiguiente a la de los que forjaron las bases del saber y de la libertad en el Rio de la Plata, y fue así que trabé contacto con las insípidas páginas de Mitre y Vedia, con la deliciosa y perspicaz  ligereza del general Lucio V. Mansilla, con el portento invencible del mejor de todos ellos, de Eduardo Wilde, autor de “Tina”, autor de “Aguas Abajo” y de esa semblanza o cuento que llevó por título “La Lluvia”, tal vez una de las instancias estéticas más dadivosas de la literatura hispanoamericana. También, desde luego, estaba Cané y su grato álbum de recuerdos que es todo un homenaje directo a Jacques y homenaje indirecto a Bartolomé Mitre, creador del Colegio y responsable de la presencia del maestro francés en esas aulas.

Jacques había sido alumno dilecto y colega del padre del eclecticismo, Victor Coussin; estuvo en la primera línea de las refriegas de 1848 en París,  fue inspirador y director de una revista consagrada a difundir la libertad de pensamiento, Maestro de conferencias de la Escuela Normal de Francia, profesor de física y amigo de Victor Hugo y de Alexis de Tocqueville; con ellos se emparentó de por vida, al emigrar juntos el mismo año terrible de  1851, victimas de las mismas persecuciones. Su llegada al Rio de la Plata, precisamente aquí, a Montevideo, fue todo un acontecimiento; las autoridades de la época le facilitaron un local para que diera unas clases, pero le impidieron por todos los medios que cambiara los criterios de enseñanza y los erráticos estatutos de la Universidad Mayor.  Por eso de aquí se fue a Paraná, luego a Chile, luego a Tucumán, donde llevó a cabo una obra importante hasta que fue alcanzado por el decreto de Mitre, que lo reclamó como alma y director académico del que habría de ser el mejor instituto de enseñanza media de América.

 

Las miradas que acumula Cané en sus páginas consiguen definir la silueta de alguien exótico y en todo punto despreciable para el gusto que domina entre los descoloridos palurdos sin gracia y sin estima que hoy gobiernan nuestra realidad; un personaje impetuosamente comprometido con el saber, con los deberes de la enseñanza, con los bienes y costos de la libertad: “Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana; averiguaba si había faltado algún profesor, y en caso afirmativo, iba a la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria, y enseguida, sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética, álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia, literatura, ¡hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa, que no lo he visto dictar por accidente, era de inglés, dado por mi buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison, y a todos los buenos prosistas del Spectator”. En esa misma página el autor nos refiere el tipo de reacciones que suscitaba un tal maestro; tan lejano de las abnegadas inmoralidades de estos tiempos insulsos y desgraciados: “Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire atmosférico. Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos del Colegio!, al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el sonido, y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese día, y su palabra salía fácil, elegante y luminosa”.
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ARROZ CON LECHE
No estoy seguro que el arroz con leche sea un alimento recomendable a todas las horas; pero sí me consta que es uno de los platos más ricos, más queridos, más inseparables de la infancia. Y también, como lo demostró Lucio V. Mansilla, puede ser un gran educador: hay que leer con ojos de este siglo infame aquellas páginas bravas y algo ingenuas que llevan por título “Los Siete Platos de Arroz con Leche” para entender cómo la discreción y las filigranas de la cortesía obran milagros en la mente fresca de los niños.

El joven Lucio era sobrino del Restaurador; su madre era Agustina Rosas, considerada una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires. Tanto  Juan Manuel como la cortejada prima Manuelita veían en este chico una promesa de grandes realizaciones. No se equivocaron, pero tampoco acertaron. Lucio Mansilla llegó a ser importante para sus amigos, importante para la historia de la literatura, importante para el Ejército, importante para su esposa, para unas cuantas amigas y queridas francesas, españolas e inglesas, y también importante para el timorato Juárez Celman, que resignadamente lo llevara en los primeros lugares de su lista y lo hizo presidente de la .Cámara de Diputados.

Antes que el dandysmo fuera una moda o un problema social, Lucio Mansilla ya había abierto las exclusas del escándalo indistintamente en Buenos Aires y  en París. Su padre, no pudiendo gobernar ninguno de los muchos atributos que hicieron un prematuro playboy de este joven militar, prefirió mandarlo a la India, luego a Inglaterra y resignadamente a París, antes que permitirle sumar habladurías en su tierra. De esa experiencia volvió fortalecido, y también estimulado; Mansilla sabía lucir su arte en los salones, en el campo de honor, en el campo de batalla y con especial molestia para los adversarios, en la legislatura. Tuvo, lo reconoce, como maestro a su tío y no a su padre; fue Rosas y sus singulares clases, y no su padre y sus abnegados esfuerzos, quien forjó su espíritu rebelde, su coraje selectivo, su ironía.

 

Tiene recuerdos imborrables de ese magisterio; el más vívido es cuando siendo casi un niño el tío Juan Manuel lo dejó sentado en el living de la mansión de Palermo y le presentó un grueso informe sobre sus controversias con Brasil y con los unitarios. Mansilla en la ocasión entendió claramente dos cosas: una, que nunca debía impacientarse con los mayores, que debía acatar con respeto los tiempos de otros; otra, que el Restaurador esperaba de él algo superior, que no se conformaba con solamente prodigarle mimos y participar de sus juegos, sino que pretendía exigirle formación permanente. Cuenta Mansilla que en esa memorable noche Rosas “acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie, y empezó a leer desde la carátula, que rezaba así --«Viva la Confederación Argentina!» --¡Mueran los Salvajes Unitarios!.

--¡Muera el loco traidor, salvaje Unitario Urquiza!-

Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y be, todas las letras, con la afectación de un purista.

Y continuó así, deteniéndose de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales con preguntas como éstas - que yo satisfacía bastante bien, porque, eso sí, he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto humanista, don Juan Sierra, hombre excelente, del que conservo afectuoso recuerdo-

-Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?

Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme:

-¿Tiene hambre?

Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche y había rehusado un asiento en la mesa al lado del doctor Vélez Sársfield, porque en casa me esperaban. . .

-Sí - contesté resueltamente. Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche”.

Mansilla dice que el arroz con leche de esa casa era famoso en Buenos Aires y provincias. Y que aquella noche, mientras al principio esperó y luego trajinó con Rosas, comprendió que su trabajo como sobrino no era otro que el de templarse en las más duras pruebas. El examen de gramática y de retórica le dio al futuro buen escritor la idea de que la literatura es cosa ardua. Aunque puesto él a escribir parece fácil; como veremos en la próxima semana.

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UN DANDY EN LAS TOLDERIAS

Lord Byron hizo de la bravata, del escándalo y de la impúdica exhibición de las pasiones  una rama del arte;  un arte que no es  exactamente  la  joi de vivre de los hedonistas a la violeta ni tampoco el mero savoir faire  de los grandes planificadores de menudencias sociales, sino un gusto sensual por la admiración ajena, una constante irreverencia, una entrega sin mengua a las delicias del amor legal o clandestino, un talento indisimulable en alguna de las especialidades artísticas, cierta nobleza de espíritu, una dedicación más que abusiva a la elegancia y al buen porte de la indumentaria.

La mayoría de estos atributos no son, se concederá, inherentes a la carrera militar; que en sustancia es todo lo contrario al arquetipo del dandy que inmortalizara Byron: la milicia promueve la austeridad, la discreción, la justa medida, el ánimo tranquilo, el respeto a las normas escritas y no escritas de las sociedades, la obediencia constante a la autoridad constituida, el gusto por la moderación. Nada más lejos de todo esto se encuentra en la existencia, en la imagen y hasta en la silueta del general Lucio Victorio Mansilla, hombre de letras, de polleras, de memorables polémicas parlamentarias, de aventuras desmedidas, de hábitos y trajes parisinos, de ademán cosmopolita, de romances, de duelos, de medallas en el uniforme.

De todos los integrantes de aquella generación del 80 –Wilde, López hijo, Mitre hijo, Cané, Estrada, Goyena,  Pellegrini—es Mansilla, junto con Wilde, desde luego, quien mejor encarna las singularidades de la personalidad cultural de la Argentina. No hubo salón parisino en el que no descollara con su fasto y sus ocurrencias; no hubo club de Londres que no lo tuviera como animador y componedor de disputas y negocios, pero tampoco hubo rancho en la vasta pampa que alguna vez  no hubiera sido visitado por este tomador profesional de mate cocido, soldado con justicia condecorado, antropólogo curioso a pesar de todas sus influencias, conversador entretenido, periodista, escritor, autor de un “Reglamento para el Ejercicio y Maniobras del Ejército Argentino”.

Es sabido que entre las muchas virtudes que tenía Sarmiento, la menos abundante, la menos visible, aquella que más se echaba de menos a la hora de establecer contacto con los asuntos de gobierno, era la serenidad; decir que era un impenitente apasionado tal vez sea decir poco del autor de “Recuerdos de Provincia”. Sarmiento le profesaba generosa amistad a Mansilla, y tenía con él más de una deuda política y de honor; pero por una vez se plantó con frialdad ante su amigo y con buen tino, siendo presidente, no le soltó ningún cargo donde interviniera la figuración social, la relación con la vida rumbosa de los salones o el trato con los extranjeros. Inteligente en todas sus horas y prudente de a ratos, Sarmiento, cuya candidatura fue sostenida por Mansilla contra todo consejo sensato, lo premió mandándolo con el grado de coronel a negociar con los infieles de los confines de Rio Quinto, en Córdoba, al borde mismo del territorio ranquel.  De esa experiencia, que a nadie interesó en su momento, Mansilla produjo un informe sólo para amigos que habría de convertirse en una de las piezas más interesantes de la literatura argentina, juicio que también refrendaría el Congreso Geográfico Internacional de París, que lo distinguiría con un premio por su certera capacidad para describir la vida y los valores de los pueblos aborígenes de esa parte del mundo.

El texto  (“Una Excursión a los Indios Ranqueles”  Editorial Longseller, Buenos Aires, 1996) es, con mucho, un antecedente directo de los diarios de antropólogos que unas generaciones más tarde ocuparon la admiración del mundo académico; los personalísimos testimonios de campo  de W. H. R. Rivers, de Malinowski ,de Margaret Mead, de Lévi Strauss, en lo que tienen de comunicación subjetiva de observaciones, de anécdotas, de reflexiones y  de amenidad de estilo no están muy por encima de estas honestas y entretenidas páginas. Allí Mansilla despliega sus alas y también sus plumas en todas las direcciones, mostrándonos no meramente qué era entonces y cómo vivía la comunidad ranquel, cuáles sus valores, sus metas, sus exigencias (al cacique de ellos lo llamaban Rozas, porque había sido sirviente en una de las estancias del Restaurador, y Mansilla lo conoció en su infancia) sino que además es una muestra de la gracia que sin llegar a la afectación domina en su escritura. Veremos un ejemplo la próxima semana.

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EL VIENTO Y DIOS

Realmente me importa poco, tirando a nada, la vida de la comunidad ranquel. No dudo que ha de tener sus tesoros, pero mi curiosidad y mi mirada no son tan ambiciosas como para detenerme en su búsqueda. Sí, en cambio, me interesa la buena literatura de Lucio V. Mansilla; que escribió sobre los ranqueles porque era lo que tenía delante cuando le vinieron ganas de escribir. La verdad es que su libro no fue tal hasta mucho tiempo después; fue, ya lo dije la semana pasada, un informe que en su condición de coronel elevó a las autoridades acerca de su expedición en los rudos límites del rio Quinto, en Córdoba.
Ese informe cayó, como todos los objetos que captura la burocracia, en un espacio indefinido de abulia oficial; nadie tuvo mayor inquietud por saber qué decía el responsable de la partida  integrada por soldados y sacerdotes que había sido enviado para negociar con los aborígenes acerca de la posesión de tierras y zonas de influencia y producción. Y al propio Mansilla tampoco lo agitó demasiado el expediente; como bien lo declara en el prólogo, se internó entre los ranqueles porque quería comer una tortilla de huevos de avestruz, no porque lo urgiera cumplir celosamente con el deber…

Más allá de la boutade, que abunda en éste como en todos los textos de Mansilla, es rigurosamente cierto que se trata de una prosa de candorosa plenitud, de serena belleza; indigna de cualquier posible lector afincado en la burocracia, y sí merecedora de un lugar en la mejor historia de la literatura hispanoamericana.
Por toda recomendación copio un fragmento del cuadragésimo capítulo. El lector comprenderá, estoy seguro, por qué encomiendo fervorosamente estas nobles páginas:

“La noche fue de hielo, larga y fastidiosa.
La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada. Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que a guisa de respiradero había formado con las cobijas.
Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.

¡Qué pensamiento tirano podía preocuparles en aquellas alturas! La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación a la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós a las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.
Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.
Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.
Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa. Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fui a examinar un sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.
El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido. Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba. Se avisó a los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.
Todos estábamos muy contrariados.
El mismo sentimiento nos dominaba. Como verdaderos creyentes, reconocíamos que a la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, o bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces, empinándose a grandes alturas, parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.
Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento. La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.
El viento no cesaba”.

Lucio Mansilla vivió entre los años 1831 y 1913. Su libro, el menos buscado como tal de todos los que escribió, no dejado de sobrevivirlo al cabo de varias generaciones.

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LOS AMIGOS DE PAUL GROUSSAC
Al igual que el hijo de Bertha Gardes, que  también nació en Toulouse y resultó ser entrañablemente argentino, Paul Groussac fue una de las figuras más emblemáticas del fenómeno que hizo de Buenos Aires una de las indiscutidas capitales mundiales de la cultura.  La fama más relativamente reciente la debe a las continuas invocaciones de Borges; particularmente aquella inmortal de hace ya más de medio siglo (nada menos que formando parte del “Poema de los Dones”), en el que lo menciona por analogía, pues también fue director de la Biblioteca Nacional, también fue ciego, también fue un lector bulímico, insomne, desperado, un crítico excelente de la literatura y de los malos hábitos de ciertos escritores. En una de su estrofas siente Borges el estupor de saberse compartiendo un destino tan patético y tan dulce, parecido en todo punto al de su antecesor: “Algo, que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar, rige estas cosas; /otro ya recibió en otras borrosas/ tardes los muchos libros y la sombra”.

Pero en vida, en su generación, Groussac no necesitó de trovadores que lo señalaran: su obra perenne en el campo de la crítica literaria, su perfecta provocación a la discusión de idea s y los recatados remilgos de su prosa única lo convirtieron en referente de la realidad cultural americana aun mucho antes de que alcanzara las altas dignidades que lo fijarían en estatua.  Es que Groussac, además, hizo de todo; y en todo fue bueno. Trabajó en la cría de ovejas, fue maestro de escuela en Tucumán, profesor en el Colgeio Nacional de Buenos Aires , Director General de Enseñanza Secundaria, periodista, director eterno de la Biblioteca Nacional. También ha sido autor de algunos libros centrales para la toma de conciencia de la cultura argentina y autor, asimismo, de una obra menor, pero deliciosa que dio en llamarse “Los que Pasaban”, que hace ya cerca de una década publicó la editorial Taurus en el marco de una colección de escritos que intenta rescatar algunos nombres no siempre supervivientes de la intelectualidad argentina entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siguiente (los airados escritos de Mármol sobre Manuelita Rosas; el clásico ensayo del uruguayo Vicente  Rossi sobre el folklore rioplatense; un polémico trabajo de Estanislao Zeballos sobre las conquistas argentinas, entre otros).

En este libro Groussac aparentemente traza semblanzas de algunas de las personas con las que tuvo mayor amistad y que fueron, por algún motivo, importantes en la historia argentina, tales como el destacadísimo pensador católico José Manuel Estrada, el polemista, también católico Pedro Goyena y los presidentes Nicolás Avellaneda, Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña. Pero a poco de avanzar en la lectura nos enteramos que ése no es el proyecto de la obra, sino muy otro: el autor no quiere pintar retratos del natural sino dar su mirada a partir de la experiencia que pudo atesorar con los personajes, razón por la cual lo que parece un libro de biografías ajenas termina siendo, en los hechos, casi una entera autobiografía.

Esto no es un defecto del libro sino parte de su encanto. Groussac no busca agotar las posibilidades del discurso historiográfico, sino proponer una realidad en la que él también es actor y contar cómo la vivió. Por eso sus biografías confunden y suscitan a veces más preguntas de las que responden; cuando uno se enfrenta a ellas siente que están faltando datos, que no hay una perspectiva fija desde la que plantea el caso. Eso es justamente lo que atrapa; esa casi frustración que luego se torna en avidez, pues Groussac llega al personaje tratado desde su situación existencial y no desde la historia; lo aborda, diríamos, no como figura, sino como incidente de la propia vida del autor. De ahí la parcialidad de las semblanzas, el aire altamente subjetivo, arbitrario con que los actores van emergiendo del discurso.

Pero no hay que desesperar; es sólo un aire.  Apenas se desenredan los giros y la trabazón de las anécdotas superpuestas en deliberado desorden, van creciendo los perfiles y los fuegos que definieron a esos amigos que le merecen la admiración y la gratitud y con los cuales tuvo más diferencias que coincidencias en muchos de los asuntos en los que debieron actuar juntos. Así, discrepaba hondamente con Estrada y con Goyena, (a propósito de la laicidad llegaron a intercambiarse frases ingratas a través de la prensa), pero nunca dejaron de profesarse respeto y amistad. Con Pellegrini y Sáenz Peña fue ecuánime en vida y ecuánime en el recuerdo. Por Avellaneda expresa una admiración que no se condice con el personaje; gasta ciclópeos esfuerzos por contrastarlo favorablemente con Sarmiento (al que no ama siquiera un poquito) y aunque no lo consigue, no por eso deja de ofrecerlo en sus contradictorias tonalidades.

 

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